Transparencia Montreal felicita la solidaridad expresada por los familiares del desaparecido Freddy Villanueva, con los dos jóvenes heridos en el asesinato de Freddy, la comunidad del Norte de Montreal, sus organizaciones, la comunidad de inmigrantes en general y también, toda la población democrática de Montreal que con mucha dignidad y coraje se han opuesto a la mal llamada encuesta pública del asesinato, se han abstenido de participar en ella y finalmente ahora, la encuesta se haya interrumpido indefinidamente. La fuerza de esta solidaridad ha labrado la roca de la razón.
Las razones para la interrupción evocadas por el Coronel Robert Sansfaçon que preside esta encuesta semi-pública son relativamente válidas: la falta de presencia de una de las partes –los damnificados del asesinato policial- no permite esclarecer nada; aunque entre ellos, los policías, su fraternidad, sus autoridades se dicen que todo ya esta claro. Ha sido el procurador Me Daviault, quien puso el dedo en la llaga al preguntar a Sansfaçon, si podía proceder cuando estarían ausentes las tres personas más interesadas, las más importantes del proceso?. Un claro ejemplo de llamado a reflexionar en democracia.
Dentro de la irregularidad de proceso, lamentamos la decisión tardía del Ministro de la Seguridad Pública de Québec, Jacques Dupuis, de manifestar recién después de la interrupción de la encuesta, que ‘el gobierno habría decidido pagar los honorarios de los abogados de los dos jóvenes heridos’, a lo cual antes se opuso de forma irreflexiva. En estos términos, el Ministro ha hecho obstrucción a la justicia y si fuera responsable, si tuviera honor, debiera renunciar, ya que además, no sabe otorgar seguridad a la población de nuevos inmigrantes, que en Montreal somos alrededor del 40% de la población, si no somos más.
Acaso no hay falta de principios democráticos del Ministro cuando en otros procesos similares acepta pagar a los abogados de partes comprometidas hasta con la corrupción, con la droga y el crimen, mientras que se oponía a conceder derechos a quienes si lo tienen. Esto no es marginación y segregación?
Para nosotros el proceso ya esta fraguado, las razones que la otra parte –parte policial- ha hecho prevalecer sus criterios para primero evitar una encuesta pública de base –que no se hizo-, para luego hacer una ‘encuesta sólo entre ellos’ –la confraternidad policial y ellos- dando las bases de una nueva justicia policial a tal punto que ahora, el ámbito de esta encuesta este limitada a un ‘simple esclarecimiento’ sin fines condenatorios, ni ejemplares. Entre otros, los policías responsables del crimen ya están liberados de toda responsabilidad criminal. En nuestra opinión ‘es demasiado injusto’.
Aparentemente las autoridades policiales -incluida la administración Municipal y el Gobierno Provincial- no saben y/o no comprenden lo que significa 'tener conflicto de intereses' y que por esta razón la justicia hecha sólo entre ellos puede ser una justicia policial pero no una verdadera justicia que todos reclamamos, por el bien común, por el bien de la sociedad entera de Montreal y de Québec.
Felicitamos la solidaridad demostrada por la Parte de los deudos de Frerddy, los heridos, la comunidad de inmigrantes en particular sus organizaciones y la población democrática de Montreal. Esperamos que esta interrupción abra las puertas de una mejor razón y que se haga justicia.
Contamos con ustedes,
Cuenten con nosotros!!!
mardi 26 mai 2009
HAY QUE NOMBRAR LA VERDAD
De: Ernesto Sábato
El hombre de este tiempo vive delante de lo que acontece en el mundo entero. Y lo hace a través de la mirada de los periodistas; ellos son los testigos, quienes nos narran los acontecimientos. De ellos depende el cariz con que interpretamos los hechos, el partido que asumamos frente a lo que nos pasa como humanidad.
El periodista habrá de deponer su propia visión de las cosas para abrirse a lo que sucede, comprendiendo que son sus ojos y sus palabras las que llevarán a los demás hombres la realidad de la que son parte. El periodista es así testigo, mediador e intérprete. La suya es una tarea de suprema responsabilidad.
A lo largo de los años en que fue gestándose mi obra ensayística y literaria, yo mismo he colaborado con los diarios de mi país y con importantes medios gráficos de todo el mundo.
Desde hace más de medio siglo, esta profesión ha estado íntimamente ligada a mi destino como escritor, y ambas me han permitido expresar las incertidumbres de mi espíritu, cuando trataba de hallar respuesta a las dudas que tanto me acosaban.
He realizado trabajos periodísticos cada vez que las situaciones sociales lo exigían. Puede parecer contradictorio que un hombre habituado al silencio y la demora que requiere el ensayo y la literatura, sienta la necesidad, a su vez, de expresarse a través de esa palabra inmediata, del instante, que caracteriza a la escritura periodística.
Así también lo ha hecho Ortega, y otros genios de la talla de Camus, Hemingway, Malraux, Sartre, Simone Weil, y el propio Gandhi que, desde las columnas de un humilde y precario periódico alentó su revolución espiritual, el verdadero despertar del alma de su pueblo sometido.
Sucede que, ante determinados acontecimientos, todo intelectual auténtico debe postergar su obra personal en favor de la obra común, poniendo su voz al servicio de los hombres, para ayudarlos a construir una nueva fe, una débil pero genuina esperanza. Entonces, en el vertiginoso suceder de los acontecimientos, la palabra que surge en respuesta logra evadir su destino fugaz y perecedero.
En este sentido, quienes trabajamos con la palabra, escritores, filósofos, periodistas, pensadores, y quienes a través de sus imágenes hacen oír el clamor de tantas voces silenciadas, todos nosotros, digo, más que una función pedagógica, tenemos un deber ético con las sociedades. Debemos restaurar el sentido de las grandes palabras deterioradas por aquellos que intentan imponer un discurso único e irrevocable.
El periodismo es un formador de opinión pública que da un sentido crítico frente a los hechos de la vida. Esta importante tradición creada en España por Feijoo, en el siglo XVIII, fue luego continuada por Larra, por Machado, por Unamuno. Basta alcanzar cualquiera de los escritos que ellos nos dejaron para constatar su creencia en el acto de nombrar la verdad.
Hoy, el periodismo debe reconciliarse con sus mejores señas de identidad históricas por donde respire la libertad de opinión y la capacidad imaginativa de sus intelectuales.
La prensa en estos últimos años ha adquirido una notable expansión social y política, jerarquizada por su labor en las áreas de investigación y cultura. Quienes tienen en su poder el funcionamiento de los grandes medios, han de permanentemente tomar conciencia de la gran transformación a la que pueden contribuir. Capacitados, como están, para intervenir en las graves necesidades a las que estos tiempos nos está enfrentando.
Los revolucionarios avances tecnológicos han acrecentado la enorme influencia que el periodismo, y los medios de comunicación, en general, poseen sobre la conciencia de la gente. Sin duda son actualmente uno de los principales formadores.
Por la magnitud de su alcance, este poder es a veces utilizado por quienes pretenden perpetuar la hegemonía de un modelo único, sin alternativa. Imponiéndonos el yugo de una obscena globalización que justifica el sufrimiento de millones de hombres y mujeres, a la vez que nos relegan en una sensación de impotencia perpetua e inevitable.
La sociedad está a tal punto golpeada por la injusticia y el dolor; su espíritu ha sido corroído tan a menudo por la impunidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. Sin embargo, la enorme posibilidad de modificar el aciago rumbo que venimos llevando se halla presente en el alcance ilimitado que los medios de comunicación poseen sobre la formación de conciencia de niños, hombres y mujeres.
Es esta una gran misión que puede llevar a cabo el verdadero periodismo, como lo está demostrando cada vez que con peligro y en situaciones de precariedad nos ha acercado a lo que acontece en el mundo. En todas sus manifestaciones, la actividad periodística debe consagrarse en un compromiso ético que responda al desgarro de miles de hombres y mujeres, cuyas vidas han sido reducidas al silencio a través de las armas, la violencia y la exclusión social.
A todos ustedes, desde mi condición de escritor, quiero expresarles mi reconocimiento por contribuir a expresar el sacrificio, el dolor, la incertidumbre, pero también la esperanza y el coraje de una humanidad que se resiste a desaparecer.
El hombre de este tiempo vive delante de lo que acontece en el mundo entero. Y lo hace a través de la mirada de los periodistas; ellos son los testigos, quienes nos narran los acontecimientos. De ellos depende el cariz con que interpretamos los hechos, el partido que asumamos frente a lo que nos pasa como humanidad.
El periodista habrá de deponer su propia visión de las cosas para abrirse a lo que sucede, comprendiendo que son sus ojos y sus palabras las que llevarán a los demás hombres la realidad de la que son parte. El periodista es así testigo, mediador e intérprete. La suya es una tarea de suprema responsabilidad.
A lo largo de los años en que fue gestándose mi obra ensayística y literaria, yo mismo he colaborado con los diarios de mi país y con importantes medios gráficos de todo el mundo.
Desde hace más de medio siglo, esta profesión ha estado íntimamente ligada a mi destino como escritor, y ambas me han permitido expresar las incertidumbres de mi espíritu, cuando trataba de hallar respuesta a las dudas que tanto me acosaban.
He realizado trabajos periodísticos cada vez que las situaciones sociales lo exigían. Puede parecer contradictorio que un hombre habituado al silencio y la demora que requiere el ensayo y la literatura, sienta la necesidad, a su vez, de expresarse a través de esa palabra inmediata, del instante, que caracteriza a la escritura periodística.
Así también lo ha hecho Ortega, y otros genios de la talla de Camus, Hemingway, Malraux, Sartre, Simone Weil, y el propio Gandhi que, desde las columnas de un humilde y precario periódico alentó su revolución espiritual, el verdadero despertar del alma de su pueblo sometido.
Sucede que, ante determinados acontecimientos, todo intelectual auténtico debe postergar su obra personal en favor de la obra común, poniendo su voz al servicio de los hombres, para ayudarlos a construir una nueva fe, una débil pero genuina esperanza. Entonces, en el vertiginoso suceder de los acontecimientos, la palabra que surge en respuesta logra evadir su destino fugaz y perecedero.
En este sentido, quienes trabajamos con la palabra, escritores, filósofos, periodistas, pensadores, y quienes a través de sus imágenes hacen oír el clamor de tantas voces silenciadas, todos nosotros, digo, más que una función pedagógica, tenemos un deber ético con las sociedades. Debemos restaurar el sentido de las grandes palabras deterioradas por aquellos que intentan imponer un discurso único e irrevocable.
El periodismo es un formador de opinión pública que da un sentido crítico frente a los hechos de la vida. Esta importante tradición creada en España por Feijoo, en el siglo XVIII, fue luego continuada por Larra, por Machado, por Unamuno. Basta alcanzar cualquiera de los escritos que ellos nos dejaron para constatar su creencia en el acto de nombrar la verdad.
Hoy, el periodismo debe reconciliarse con sus mejores señas de identidad históricas por donde respire la libertad de opinión y la capacidad imaginativa de sus intelectuales.
La prensa en estos últimos años ha adquirido una notable expansión social y política, jerarquizada por su labor en las áreas de investigación y cultura. Quienes tienen en su poder el funcionamiento de los grandes medios, han de permanentemente tomar conciencia de la gran transformación a la que pueden contribuir. Capacitados, como están, para intervenir en las graves necesidades a las que estos tiempos nos está enfrentando.
Los revolucionarios avances tecnológicos han acrecentado la enorme influencia que el periodismo, y los medios de comunicación, en general, poseen sobre la conciencia de la gente. Sin duda son actualmente uno de los principales formadores.
Por la magnitud de su alcance, este poder es a veces utilizado por quienes pretenden perpetuar la hegemonía de un modelo único, sin alternativa. Imponiéndonos el yugo de una obscena globalización que justifica el sufrimiento de millones de hombres y mujeres, a la vez que nos relegan en una sensación de impotencia perpetua e inevitable.
La sociedad está a tal punto golpeada por la injusticia y el dolor; su espíritu ha sido corroído tan a menudo por la impunidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. Sin embargo, la enorme posibilidad de modificar el aciago rumbo que venimos llevando se halla presente en el alcance ilimitado que los medios de comunicación poseen sobre la formación de conciencia de niños, hombres y mujeres.
Es esta una gran misión que puede llevar a cabo el verdadero periodismo, como lo está demostrando cada vez que con peligro y en situaciones de precariedad nos ha acercado a lo que acontece en el mundo. En todas sus manifestaciones, la actividad periodística debe consagrarse en un compromiso ético que responda al desgarro de miles de hombres y mujeres, cuyas vidas han sido reducidas al silencio a través de las armas, la violencia y la exclusión social.
A todos ustedes, desde mi condición de escritor, quiero expresarles mi reconocimiento por contribuir a expresar el sacrificio, el dolor, la incertidumbre, pero también la esperanza y el coraje de una humanidad que se resiste a desaparecer.
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